Reflexiones de una semi-analfabeta digital sobreviniente

Llegué en tiempo más que oportuno a la ola del Internet. En mis primeras épocas universitarias (mediados de los noventas) éramos pocos los que nos acercábamos al Pabellón H de mi alma mater, que dedicaba un aula especial para tan innovador invento. Contando con algo así como diez ordenadores, y con sólo mostrar tu Carné Universitario, te permitían usar el Pegasus Mail –ese de fondo azul y de letras grises-, foros de discusión internos como el Noticeboard –esos acalorados debates- y poco después los buscadores de Altavista y Yahoo –que con lupa nos traía información de países aún remotos, en el espacio de los lugares y aún en presentaciones poco llamativas en lo visual, de diferente manera a lo que vemos ahora-, vía Netscape, los tímidos predecesores de Google que abrían la trocha previa de la autopista digital tal y como la conocemos. Sólo podías estar una hora allí. De alguna manera siento que quienes nos juntábamos en ese espacio, en ese espacio para dar cabida a otro espacio: el de los flujos, éramos considerados freaks, o algo por el estilo. Me imagino que ni a nosotros los freaks ni al mainstream que nos señalaba se nos pasaba por la cabeza que los celulares (de cuya pequeñez se presumía cada vez más por esas épocas: la importancia del tamaño) iban a ser un poco más grandes en un futuro, ya que se convertirían en auténticas computadoras, en pequeñas grandes máquinas inteligentes. Sin estar precisamente al margen de la explosión digital que se dio en los años posteriores, en la década pasada, tampoco se puede decir que he estado absolutamente al día en los grandes cambios. He renovado en plazos creo que razonables los distintos ordenadores que he tenido a lo largo de todos estos años, y he tenido una cierta actividad social en redes idem, pero poco más. Motivos diversos me hicieron retrasar la necesaria llegada de los teléfonos inteligentes a mi vida. Confieso que esto es un poco contradictorio con buena parte de la investigación que realizo (aunque hablar de tecnología y al mismo tiempo ser un poco vintage puede dar un toque de distancia necesario para realizar estas actividades, creo).

El entusiasmo excesivo que linda con la euforia por la tecnología tiene un nombre. Los especialistas llaman a esto optimismo tecnológico. Gente que cree que la tecnología es determinante (determinante en lo positivo) en la solución de los problemas políticos, jurídicos, de ordenación de las actividades de una sociedad. Sí, pero no. No. Cuando el entusiasmo es excesivo podemos tener problemas, ya que eso no nos permite tener una actitud crítica o vemos el árbol y no el bosque, vemos la bruma y la bruma nos parece linda, vemos el internet y sus capacidades y consideramos que automáticamente solucionará nuestros problemas de país, o globales. Y sí, y no. Yo, en mis primeros días (tardío todo) con un teléfono inteligente, me siento abrumada. Pero al mismo tiempo tengo la sensación de perplejidad, de curiosidad permanente, esa sensación en la que te hallas cuando estás pisando a plenitud un terreno desconocido, ese placer del que desea ser alfabetizado, por lo menos en este ámbito. La primera vez con un teléfono inteligente (por lo menos en mi caso) genera una inmensa cantidad de preguntas y una conciencia de ignorar, de “aquí hay tela qué cortar”, al tiempo que el abanico de ideas se expande, o se desea expandir, motivado por las capacidades de un refinado sistema de computación al que tenemos que sacar provecho para adaptarnos al entorno y para ver qué aportes nos puede dar o, mejor dicho, cómo aportamos a través de estos mecanismos. No las voy a sobre-estimar, pero creo que sí las voy a usar. Del Noticeboard –antecesor de las polémicas de los tuiteros y no exento de trolls a su manera- a las aplicaciones gubernamentales había un solo paso. Todo ha sucedido tan rápido y ha llegado ya a nuestras manos.  Pero nuestras manos seguirán siendo esas y los instrumentos son lo que son. “Lo nuevo” no es tan nuevo: es el eterno debate entre lo instrumental y las esencias, un debate que, me atrevo a sospechar, nos perseguirá hasta el fin de los tiempos.

The rules of law for the Rule of Law

 

“On sait aujourd-hui qu’une assemblée parlementaire ne respecte pas nécessairement les libertés des citoyens et que la loi peut être aussi dangereuse pour ces dernières que le règlement administrative” (Weil y Pouyaud, 1961)

Dentro del no muy abundante material existente en relación con la metodología de la investigación jurídica, un libro de referencia en lengua española es, sin duda alguna, “Observar la ley: ensayos sobre metodología de la investigación jurídica”, compilación de colaboraciones académicas de varios juristas del espacio iberoamericano, que fue editada hace algunos años por Christian Courtis, catedrático de la Universidad de Buenos Aires (UBA) –Editorial Trotta, Madrid, 2006. En el enriquecedor “Los Métodos para los juristas”, de Juan Antonio Cruz Parcero (un artículo que creemos de imprescindible consulta para estudiantes de grado, investigadores, jueces, abogados en ejercicio y funcionarios -en suma, operadores del derecho-), se hace referencia (en la página 37) a una posible “teoría de la legislación”, esbozada por Manuel Atienza en su libro “Las Razones del Derecho” (Madrid, 1991). Es decir, una serie de reglas para elaborar la ley. Una suerte de “ley para las leyes”, o criterios de racionalidad. Estos criterios son cinco:

  1. Racionalidad lingüística: para que el mensaje que el legislador quiere transmitir sea claro y preciso. Aquí el valor que se quiere preservar es el de la comunicación.
  2. Racionalidad jurídico-formal: que busca sistematicidad, plenitud y coherencia del ordenamiento. Aquí se protegen los valores de seguridad y certeza.
  3. Racionalidad pragmática: para que las normas se traduzcan en cumplimiento efectivo, en obediencia.
  4. Racionalidad teleológica: Cumplimiento de fines sociales.
  5. Racionalidad ética: que haga suyos una serie de valores que permitan justificar los fines. Así, una ley no debería prescribir comportamientos inmorales o perseguir fines ilegítimos.

Las exigencias de calidad normativa son cada vez más acuciantes, y vienen de varios frentes. Desde el frente ciudadano, y utilizando la terminología a la que acabamos de referirnos, se reclamaría más racionalidad teleológica y ética: leyes que busquen los fines sociales (sin sesgo: entendemos que el autor se refiere más que nada al interés general –concepto complejo por donde se mire, debemos admitir-) y leyes que no choquen con la ética (aunque esto nos remita a la idea según la cual ley –o norma- no equivale a moral). Los ciudadanos también quieren entender lo que les dice el legislador, porque ello no sólo facilita el cumplimiento cabal de una ley, sino, y en una perspectiva actual, facilita la participación y la colaboración. Las exigencias de sistematicidad de la ley tampoco son ajenas a los ciudadanos, pero son más que nada los operadores del derecho, por interés y formación, los que se preocupan por ello. Una norma que respeta la “racionalidad pragmática” entendemos que es aquella que no se sentencia a sí misma a ser incumplida, que tiene en cuenta la realidad y que procura dar soluciones concretas y eficaces a problemas reales.

Aunque como es evidente el contenido de estas diversas “racionalidades” puede ser materia de debate (porque siempre quedan conceptos jurídicos o técnicos por determinar: ¿qué es interés general, qué problemas son los que tiene una sociedad X y qué soluciones planteamos ante ellos?), creemos que los elementos aportados por Manuel Atienza son, con nitidez y en lo fundamental, criterios válidos que el legislador debería tomar en cuenta a la hora de producir un texto normativo (criterios aplicables también para la elaboración de textos de naturaleza reglamentaria, al lado de los requisitos para producir reglamentos que algunos ordenamientos –como el español- establecen), alejándonos del peligro de considerar el dura lex sed lex como mantra irrevocable y dotando al imperio de la ley (instrumento ordenador de una sociedad democrática) de elementos que maximizan su legitimidad en el marco de una auténtica democracia representativa. Una “plantilla”, un “template”, unos mínimos para una buena ley: una ley que esté a la altura de las circunstancias que plantea una sociedad en permanente cambio. Un buen gobierno y una buena administración con la base de una buena legislación.