Crisis (de la) competitividad

Acabo de toparme con este slideshow, en el que un “gurú” de recursos humanos, muy activo en redes sociales, presenta, de manera pretenciosa y agresiva, y echando mano de un sarcasmo bastante desagradable (y en primera persona), las razones por las cuales “no te contratará”. 

http://www.slideshare.net/markrotoole/congratulations-graduate-eleven-reasons-why-i-will-never-hire-you

La presentación tiene más de 141 mil vistas. Ha sido compartida en LinkedIn 1,073 veces, tiene más de 7,300 “me gusta” en Facebook y cientos de RTs en Twitter. Y trescientos comentarios, casi todos dentro de la vergonzosa unanimidad del elogio. Se nota que ha pegado. Son como los “likes” abrumadores a quienes mantienen posturas reaccionarias en comentarios de noticias sobre inmigración. Como la masa que prefirió salvar a Barrabás. Que hoy es, directamente, la masa a la que se refiere Saviano. Un codazo a cualquier tecno-optimismo. Pero el valor del slideshow bajo comentario no reside en los consejos que da, sino en cómo retrata las vísceras de la elogiada “competitividad”. ¿Qué es ser competitivo?. El competitivo, se nos ha enseñado, es aquél que tiene mayores capacidades de resolver problemas, de llegar a la meta superando obstáculos. El que es capaz de enfrentar el de por sí duro entorno laboral. Una persona con dos dedos de frente o un joven con el bagaje o sentido común que puede tener al salir de la universidad, pensaría que enfrentar con éxito, generar resultado, supone contar con cualidades aprendidas en los claustros, o en las prácticas. O en la vida que ha tenido hasta ese momento. Esa persona con dos dedos de frente, o ese joven recién egresado, pronto se dará cuenta de que no. Los méritos reales de una persona pasan a un segundo plano. Lo que vale es su capacidad para superar obstáculos, pero no naturales, sino obstáculos arbitrarios que benefician sólo a algunos, esos que ríen de oreja a oreja con la crisis. La ley del más fuerte es arbitrariedad y, por tanto, antidemocrática. Sin criterios claros, todo es una lotería. La lotería del cazador al que no se le puede escapar ni la palomita de twitter, ni la foto random con amigos en el Face, ni la vestimenta que es en el fondo un simbolismo de la importancia de las apariencias, la sobrevaloración de la forma, colocándola muy por encima del fondo. El dresscode como eficaz instrumento de clasismo. Un espíritu informado y con un mínimo de sensibilidad rápidamente captará, tras darle una mirada a este despliegue de frialdad y de dureza, todo el panorama desolador (y una fotografía de “cómo anda el patio” del género humano) y, sobre todo, cuán involucrada está esta cosmogonía en el origen de la crisis. No temo exagerar porque no exagero. Un espíritu que, aparte de eso, es activo (a quien yo sí contrataría) razonaría y diría que hay que cambiar los modos de gestionar los recursos (en este caso, humanos) al interior de las organizaciones privadas, mecanismos sobrevalorados y elogiados hasta el punto de quererlos trasladar a la Administración. Y pensara, probablemente, en la obsolescencia del CV como medidor inicial de la capacidad de las personas. Pensará en la obsolescencia.