Impertinencia del plagio en la era de la información

Las ideas nos rodean. Flotamos, sin quererlo, en un mar de ideas: nuevas, viejas, todas, como corrientes que confluyen, fluyen a través de múltiples canales. Flujos que también se contradicen. Es la era del conocimiento, de la información. Nos la iban contando, pero ahora la vivimos y lo sabemos. Los saberes están menos lejanos de nuestras manos y han dejado de ser un patrimonio exclusivo de unos cuantos conocedores. Los saberes, digo, cuando quiero en realidad decir el derecho de saber y de multiplicar el conocimiento.

Parece que este escenario (que incluso se puede calificar de idílico y que, imaginado desde años atrás como viendo un futuro que ya es hoy) sería el territorio propicio para la creatividad. Que el sinfín de ideas nos llevaría a crear unas nuevas, como si se tratase de ladrillos que son base para una construcción mayor, como si fuesen ingredientes que colocamos en una licuadora en busca del tropical punch perfecto para el paraíso. A veces, sin embargo, el aparente paraíso no es más que un territorio de salvajismo. Porque sin respeto solo puede haber barbarie. Usar, reutilizar para crear. Eso creímos. Y fuimos ilusos porque claro, no era verdad tanta belleza. El vandalismo de la mediocridad se apropia de las creaciones. El desparpajo es inmenso, tan grande como, quizás, la impresión que tienen al mirarse en un espejo, verse incapaces de que algo florezca en su jardín, el humo de su ofrenda volando bajito, parafraseando a mi poeta favorito. Quizás se trate de una forma de sobrellevar esa impotencia generandi mental.

El plagio merece una severa condena, más allá de lo legal, que va de suyo, moral. No es válido afirmar que ahora, en esta era del conocimiento en la que nadamos, las ideas son de todos y podemos ponerles sin rubor alguno nuestro nombre en el membrete, colocándonos las medallas en la zona más privilegiada del pecho, llevándonos los aplausos del trabajo ajeno. En una era donde lo tenemos todo o casi todo para innovar (en muchos casos a través del acto de reutilizar), esto es muy grave.

Al derecho y al revés: A propósito de la impecable campaña de IUS ET VERITAS

Algunos Apuntes Públicos

La revista IUS ET VERITAS, publicación peruana de excelente calidad editada por los alumnos de la Facultad de Derecho de la PUCP, está por lanzar una campaña (nos interesa, entusiasma mucho conocer su contenido completo y concreto, que genera de suyo mucha expectativa). Esta campaña, conforme vemos en su página de FACEBOOK, busca (esto intuimos a partir de las imágenes del “teaser” que han publicado), liberar la mente del público en general y del mundo de los abogados en particular, liberarlos de clichés o prejuicios respecto de la profesión jurídica.

Son cinco los slóganes-eje compartidos en esta campaña.

  1. Yo no estudio derecho para memorizar las leyes

Pues no. De niña, yo nunca soñé con estudiar Derecho. No era mi ideal, como el de varios, que, tal vez, se imaginaban en una audiencia rodeados de un juez togado, de los acusados y de los acusadores, de un jurado…

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Al derecho y al revés: A propósito de la impecable campaña de IUS ET VERITAS

La revista IUS ET VERITAS, publicación peruana de excelente calidad editada por los alumnos de la Facultad de Derecho de la PUCP, está por lanzar una campaña (nos interesa, entusiasma mucho conocer su contenido completo y concreto, que genera de suyo mucha expectativa). Esta campaña, conforme vemos en su página de FACEBOOK, busca (esto intuimos a partir de las imágenes del “teaser” que han publicado), liberar la mente del público en general y del mundo de los abogados en particular, liberarlos de clichés o prejuicios respecto de la profesión jurídica.

Son cinco los slóganes-eje compartidos en esta campaña.

  1. Yo no estudio derecho para memorizar las leyes

Pues no. De niña, yo nunca soñé con estudiar Derecho. No era mi ideal, como el de varios, que, tal vez, se imaginaban en una audiencia rodeados de un juez togado, de los acusados y de los acusadores, de un jurado, tipo Perry Mason gritando desaforadamente la palabra “objeción”. Pero algo pasó desde el preciso instante en el que supe que el derecho no era sólo la ley o la norma escrita, que había que ubicarla sistemáticamente, que estaba sometida a una jerarquía, que no siempre la ley “es la ley”, que han de existir estándares de calidad para las leyes y su cumplimiento y, a la vez, la ley tiene que ser armónica con la moral y con las transformaciones sociales. Que en muchas ocasiones era preciso interpretar y, sobre todo, que existía todo un mundo fascinante llamado doctrina y jurisprudencia. En ese momento me dije: “este es el lugar”.

  1. Yo no estudio Derecho para leer todo el día

Hay que leer. Porque te nace, porque te gusta, pero también porque leer debes. Sin embargo, importa, y mucho, la calidad del acto de lectura, la eficacia en su comprensión, ser prácticos y aprender a extraer conclusiones y a aportar soluciones. Un aprendizaje estático y no dinámico del Derecho, una visión memorista, no nos hace más abogados. Un verdadero jurista no es una biblioteca andante ni mucho menos una base de datos móvil. Si lo fuera, sería un ideal retrofuturista, deshumanizado. Irreal. Un verdadero jurista, por el contrario, es, principalmente, un “solucionador de problemas jurídicos” de cualquier índole, con mentalidad abierta, moderna, adaptada a las nuevas tecnologías pero en interacción permanente con el 1.0., del cual todo nace. Pero, sobre todo, tiene que estar guiado por la justicia. Y las soluciones justas, o “mas o menos justas”, que se acerquen a ese ideal, no pasan por una robótica repetición de las normas o de los libros de doctrina, sino por su procesamiento, acción, aplicación a un caso concreto, en actitud permanentemente innovadora, creativa. Constructiva.

  1. Yo no estudio Derecho para estar en terno todo el tiempo

-”Vístete como abogada. ¿Qué harías si un cliente te viera ASÍ, como hippie, con pinta de socióloga por la calle?”

-¿Por la calle, en mis horas libres?

-Sí

-Mira -le respondo- el cliente conoce, valora mi trabajo. Estaría tranquila. Seguiría siendo mi cliente, que me contrató para solucionar unos problemas jurídicos concretos, no para ser modelo de ropa formal”

Y es que, aunque no sea tan evidente por todos los prejuicios adquiridos, frustrar las opciones profesionales de una persona por su forma de vestir fuera del centro de trabajo es, aparte de moralmente vil y mezquino, contrario a las normas constitucionales, especialmente a aquellas que prohíben la discriminación de cualquier tipo.

Otra cosa es que, por la naturaleza del trabajo, durante las horas en que este se desarrolla sea recomendable vestir determinados colores, ropa, etc., lo cual considero válido desde el punto de vista del marketing personal…. ¿Te parecería adecuado ir a una reunión con un importante cliente vestido de payaso y en patines? Suena divertido, pero parece que no procede. Pero aún así esto es totalmente debatible, porque ¿qué es lo “adecuado”?

En todo caso, hace meses escribí esto sobre el Dresscode-> https://algunosapuntespublicos.wordpress.com/2013/06/20/crisis-de-la-competitividad/

  1. Yo no estudio Derecho porque todos son corruptos

No es un mito que en esta profesión (como en todas) los niveles de corruptibilidad son altos. Pero es una falacia extrema decir que la corrupción, la trampa inmoral, el hacer daño a otros, son inescindibles del derecho mismo, casi casi requisitos sine qua non para ejercer el Derecho en un mundo de víboras. Es, de hecho, todo lo contrario: vivir honestamente, no dañar a nadie, y dar a cada uno su propio derecho, frases que son fundacionales y fundamentales en nuestra carrera. Y que no se nos deben olvidar.

Esperamos con ilusión esta campaña de IUS que, sin duda, hará mucho bien.