Las ideas nos rodean. Flotamos, sin quererlo, en un mar de ideas: nuevas, viejas, todas, como corrientes que confluyen, fluyen a través de múltiples canales. Flujos que también se contradicen. Es la era del conocimiento, de la información. Nos la iban contando, pero ahora la vivimos y lo sabemos. Los saberes están menos lejanos de nuestras manos y han dejado de ser un patrimonio exclusivo de unos cuantos conocedores. Los saberes, digo, cuando quiero en realidad decir el derecho de saber y de multiplicar el conocimiento.

Parece que este escenario (que incluso se puede calificar de idílico y que, imaginado desde años atrás como viendo un futuro que ya es hoy) sería el territorio propicio para la creatividad. Que el sinfín de ideas nos llevaría a crear unas nuevas, como si se tratase de ladrillos que son base para una construcción mayor, como si fuesen ingredientes que colocamos en una licuadora en busca del tropical punch perfecto para el paraíso. A veces, sin embargo, el aparente paraíso no es más que un territorio de salvajismo. Porque sin respeto solo puede haber barbarie. Usar, reutilizar para crear. Eso creímos. Y fuimos ilusos porque claro, no era verdad tanta belleza. El vandalismo de la mediocridad se apropia de las creaciones. El desparpajo es inmenso, tan grande como, quizás, la impresión que tienen al mirarse en un espejo, verse incapaces de que algo florezca en su jardín, el humo de su ofrenda volando bajito, parafraseando a mi poeta favorito. Quizás se trate de una forma de sobrellevar esa impotencia generandi mental.

El plagio merece una severa condena, más allá de lo legal, que va de suyo, moral. No es válido afirmar que ahora, en esta era del conocimiento en la que nadamos, las ideas son de todos y podemos ponerles sin rubor alguno nuestro nombre en el membrete, colocándonos las medallas en la zona más privilegiada del pecho, llevándonos los aplausos del trabajo ajeno. En una era donde lo tenemos todo o casi todo para innovar (en muchos casos a través del acto de reutilizar), esto es muy grave.

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