Desde la idea de escribir este post hasta ponerme realmente a hacerlo han pasado treinta minutos. Una media hora valiosa desaprovechada entre revisiones recurrentes de mi móvil, lectura en búsqueda infructuosa de algún contenido que nutra este “post”, y otras actividades poco productivas. Todo alcanza en media hora. Todo entra en la maleta.

¿Por qué procrastinamos? Tengo la sensación de que es, más que nada, el miedo al error. Pero equivocándonos aprendemos. Dice algún gurú por ahí que uno debe estar preparado para enfrentar el fracaso pero ojo, cuidado: no te enamores de tu piedra. La conclusión debería ser lanzarnos, lanzarnos siempre a la piscina, pero con agua. Y ese lanzarnos “con agua” implica una cierta planificación de mínimos. Una pequeña hoja de ruta. Pero, a veces, tememos incluso a la hoja de ruta. Nos aferramos a lo espontáneo, una señal positiva, de naturalidad, pero también de inacción, una muestra de cierta pereza. Tener absolutamente todo cronometrado no es bueno. Dicen, no sin cierto cariz “discriminador”, que el control, la planificación, son aspectos propios de países exitosos, comúnmente refiriéndose a países del norte de Europa y Japón. Quizá funcione esa técnica (y muy probablemente sea la única vía para abrirte paso en ese tipo de países), pero aquellos países en los que lo impredecible (y, tal vez, eso que llaman “felicidad”) tiene un papel crucial (en unos más y en otros menos), ese a veces delicioso “dejarse sorprender”, debemos tener una pequeña guía de mínimos de actuación, un mini-protocolo de acciones y metas que nos permitan flotar entre la marea y capear las muy probables contingencias. Parece ser que quienes somos de/vivimos en países latinos (en el sentido más extenso e intenso de la palabra), estamos obligados a ello.

En estos tiempos, tenemos todo a nuestro alcance para ambas cosas: para procrastinar tenemos un arsenal de estímulos: redes sociales, memes, noticias sin duda enriquecedoras pero que incrementan nuestra “infoxicación”, Dispositivos varios que nos sirven para ver, en distintos tamaños, velocidades y calidad de imagen, una serie de contenidos que nos serán más o menos útiles. A la vez, desde estos dispositivos, podemos acceder a innumerables herramientas de organización, de modo paralelo a la escritura tradicional en agendas, incrementando nuestra productividad. Pero antes que nada, (y detrás de todo) está la actitud, la firmeza de la decisión de lo que se va a hacer, y, al mismo tiempo, detrás de la decisión está la reflexión, el razonamiento que nos lleva a unos fines en el marco de unos valores, elementos fundamentales de lo cual todo lo demás es accesorio.

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