Una persona me dice, al interior de una Administración Pública, con una sonrisa entre sarcástica, triste y resignada, que

“No se puede aprender aquí. Aquí no hemos venido a aprender. Hemos venido a hacer. No hay más tiempo qué perder”

Es increíble (o no) el pesimismo que transpiran estas palabras, esta sintomática frase. Ese rechazo casi instintivo a las posibilidades que ofrece la práctica, esos rincones en los que se esconde la auténtica razón de nuestras vidas. Aprender. En realidad, se trata de perspectivas distintas, formas de entender y definir el trabajo. No somos pocos los que preferimos esa visión retroalimentativa entre teoría y práctica, con los focos cognitivos en ON. Los olmos nunca han dado peras, pero tal vez sí, si nos hacemos entender, si sabemos explicar. La Administración somos todos, y en tanto reflejo de nosotros, es un organismo vivo, cambiante, o que “debe” cambiar, y para que ese imperativo se cumpla, ese imperativo ciudadano de no poca importancia (hablamos, nada más y nada menos, que de proveer democracia) debemos estar abiertos a aprender.

Aprender no es, en tal sentido, seguir a tres luminarias de una o varias disciplinas, leer “tochos infumales”, de trasnoche y trasnochados en un café más coca cola. Se aprende muchas veces sin siquiera ser consciente de ello, e incluso a partir de lo más trivial: escuchar a una funcionaria de las de antes que piensa que “todo ha de hacerse así, porque así (no sabemos dónde) está establecido”. Tomar esta frase como ejemplo de esa visión dicotómica, tradicional, teoría/práctica, aprender/hacer, escindiendo lo que tiene que estar unido como pieza de un engranaje, porque la eficacia administrativa requiere acciones integrales y mentes abiertas a la obligación de aprender y el deber de “intraemprender” hasta el fin de nuestros días. A la pedagogía que no es magia sino, más bien, una “manera de hacer”. Hacer de verdad, sin mecanizaciones que generan obsolescencia en los procedimientos y nos alejan de los objetivos y, por tanto, de la eficacia. 

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