Las nuevas tendencias marcan algo muy claro. Apuntan a una visión colaborativa en el seno de la Administración, en tanto centro de trabajo y producción, por excelencia, de democracia. Perspectivas más horizontales que verticales, a tono con las visiones que, hacia el exterior y ya en el enlace Gobierno + Administración — Ciudadanos, promueven la “co-creación de valor público”, con la inclusión mayor de estos últimos en las decisiones públicas. La histórica percepción de la jerarquía weberiana, denostada, cuestionada incluso por quien les escribe, dando paso a miradas más paritarias. Situados en este punto es válido preguntarnos lo siguiente: ¿Estamos preparados para el reto colaborativo?


Las respuestas son seguramente disímiles, matizadas. El trabajo de capacitación es constante pero, tal vez, haga falta algo, ese plus, para estar a la altura de este denominado “reto colaborativo”. La ética, los valores, el sacrificio de los egos, la visión positiva de equipo. Cuando esto falla, se convierte en un magma que tapa una voluntad jerárquica mal construida, que no termina de convertirse en esa línea de mando ordenadora que suponía la burocracia tradicional, en la acepción positiva de la palabra. Pauta obsoleta pero pauta al fin y al cabo. 


La colaboración es también un modelo ordenador de la actuación interna de las Administraciones Públicas, si se quiere una nueva racionalidad,  pero tiene que ser genuina, con funcionarios dotados de la capacidad no sólo técnica sino también moral, para admitir e implantar este nuevo modelo.


Mientras no exista ello, las visiones jerárquicas seguirán siendo necesarias para encaminar a aquellos elementos renuentes a renunciar a sus cuotas de poder con la excusa del “aquí todos somos iguales” para marear la perdiz y difuminar los objetivos. No. La paridad, o una supuesta visión colaborativa (no la genuina) no puede servir de pretexto para ocultar ambiciones desordenadas, de personas deseosas no ya de saltar escalones sino de pasar por encima de las cabezas, en equipos que no son equipos porque no tienen ni timonel ni rumbo. Muchos de los que me leen habrán advertido (quizá padecido), en su día a día, cómo la inexperiencia (en espíritus de ambiciones sinuosas) marca una clara falta de luces que lleva a ser inconsciente de las propias limitaciones, con consecuencias muchas veces nefastas para una “organización”. En efecto: cuando esto ocurre, el único resultado es la ineficacia y la “mala administración”, pero por momentos tengo la sensación de que una buena “gerencia pública” puede ayudar a controlar (que no eliminar) este problema: una visión jerárquica bien entendida, burocrática weberiana con toques de NGP, con unas líneas de mando trazadas bajo el férreo respeto de la capacidad y el mérito… ¿Puede ser el camino previo para pavimentar la solidez de la Administración Colaborativa del futuro, mientras se construye la confianza, pieza clave de una administración colaborativa, que exige un compromiso con las personas?. ¿O es que  acaso, por el contrario, mantener el modelo puede considerarse un elemento entorpecedor de la generación de confianza?. No lo tengo absolutamente claro, pero ¿qué hacemos con los funcionarios que “no colaboran”, con esa soberbia dueña de nada del que todo impone y nada confía? ¿Es la colaboración una utopía mientras nuestras sociedades no mejoren sus cotas éticas?. Mientras resolvemos estas inquietudes (muchas veces a través de foros, ríos de tinta, conversaciones y debates en el 1.0 y en el 2.0), la falta de coherencia con los modelos que funcionarios poco colaborativos dicen defender, esas peligrosas “medias tintas”, sólo contribuyen a reforzar las malas gestiones, que redundan en el déficit democrático que hoy vivimos a nivel global.

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