Nacer mujer en un país de Latinoamérica (o en un país de cualquiera de los sures del mundo, que son anchos y ajenos) es el nunca acabar. Es como un gato que permanentemente se muerde la cola, un círculo infernal sin fin de deberes morales difusos pero de violentas consecuencias ante el más mínimo incumplimiento. La pena es el ostracismo, desempleo, depresión o, en el mejor de los casos, la pereza y el fastidio absoluto que deviene en rabia y en desgano. Si siguen así, quizás nos volvamos noventeras.

No. No es lugar para los débiles ni para los lentes de botella ni para los flequillos mal peinados ni para los tacones de aguja demasiado altos (ticket seguro para la acusación correspondiente de meretricio). Solamente hay sitio para estómagos de lata y almas con valores de cartón.

Ese dedo (que no es el meñique) dictará normas imperativas sin mayor claridad (en sentido opuesto a la forma en que deberían hacerse: expresas, con pautas inteligibles) respecto a las maneras en las cuales deberías ir vestida. Y te dirá constantemente, de manera incansable, que nunca es suficiente. Puedes ya tener tortícolis de tanto buscar a un hombre guapo, mínimamente “bien” vestido, que por lo menos tenga arte (que por lo menos es un exceso, porque ya es bastante), pero ninguna de las humanidades masculinas absolutamente descuajeringadas que te rodean recibirán reprimendas: es más, las darán. Y estarás siempre muy gorda, muy flaca, con el pelo excesivamente largo (o corto), con los colores “combinados de modo inexacto”, siempre con una dosis de feminidad que no alcanza las cotas mínimas constantemente exigidas. Pues basta. Basta ya. Porque cuando los miro no hay dandismo ni estilismo alguno (solo panza de borrachera y mal aliento), pero su escueleo es constante, fastidioso y recibe el aplauso cómplice de otras mujeres que siempre pretenden (“la pretensión femenina”) estar bien para el ojo ajeno, disfrutando los padecimientos que impone la retorcida idea de belleza que impera en esta sociedad (ya sabes, el dolor de pies de unos tacones altos, el hambre de la dieta, el ritual depilatorio). Que impera tanto hasta la negación total de las verdaderas capacidades.

Y en ese concierto infame de chillidos raros está la base de nuestra desgracia fundamental, fundacional: la inconsecuencia y la intolerancia emergen (extrañamente) como valores supremos alojados en el difuso concepto del “saber estar”. Nunca tanto ni tan poco, ni tampoco el 50%, ni tampoco el 100%. No sabemos en realidad qué número, qué porcentaje, pero lo que sí sabemos es que cuando lo subjetivo se entroniza como norma, vamos construyendo las bases de todo aquello que socava la democracia.

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