La reunionitis es uno de los males más grandes de todo proyecto, empresa o entidad. Una obsesión por que absolutamente todos estén presentes, un deseo de algunos de destacar por el solo hecho de “estar reunidos”. Una vampirización, succión de un tiempo que deberíamos utilizar para ser “más productivos”. Calidad, y no cantidad.

Y, así, una acumulación de gente pretende ser equipo. Se intercambia palabras, fundamentalmente, y algunas ideas, algunas sólidas, otras como gotas de rocío salpicaditas. Unos consultan el móvil, otros apuntan mecánicamente. Y sólo algunos extraen conclusiones valiosas para incorporarlas en cualquier intento de buena gestión, y esto no solamente depende de la capacidad de la persona sino también de la pertinencia de su presencia en la reunión. Mientras tanto, los convidados de piedra, que han ido o por fuerza o por figurar, miran el techo (o, repito, el móvil). Los primeros: dos, tres, cuatro horas lejos de los productos, de las coordinaciones y de la eficacia. Pero, por narices, tienen que estar allí. Porque alguien así lo decide y no hay vuelta qué darle a la invariable decisión, tomada, quizás, con plena inconsciencia del daño que, de cara a los ciudadanos o clientes, produce este imperdonable gaspillage.

Y es irreparable: el tiempo no vuelve para nadie y cada minuto que pasa nos acerca al final. El dinero puede ir y venir, pero el tiempo no te lo devuelve ni Mandrake. Exprimir el instante (concepto que trasciende interpretaciones que apuntan al mero disfrute) es una responsabilidad de todos. Exprimir el instante, sin mirar al techo sentado en infinitas reuniones, nos acerca a una buena administración. Tenemos que repensar nuestros hábitos laborales, trabajar bajo resultados, explorar las posibilidades alternativas que proporcionan las nuevas o no tan nuevas formas de trabajo. Pienso, acaso, en el trabajo a domicilio, con todas las pinzas y bemoles que merece un caso con matices claros, cuya efectividad depende de la siempre dudosa capacidad de concentración y responsabilidad de la persona pero …. acaso… ¿nos concentramos bien en la vorágine de llamadas o en los olones de la reunionitis?. 

Lo que nos queda claro, en todo caso, es que necesitamos cambiar de paradigmas. No sigamos, pues, aferrados al pasado, como convidados de piedra de un meeting que sí vale la pena. 

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