Escuchando ayer una alocución en TV de Alexis Tsipras, el Primer Ministro griego, me enteré de que la palabra “acuerdo”, en griego, es (o suena a) “sinfonía”. Independientemente de las dificultades que tiene el Estado griego, por estos álgidos días, para entenderse con la llamada Troika (en una fuerte y extraña tensión entre deber y pragmatismo), me quedé (y sigo) maravillada con el descubrimiento lingüístico. Quizás esa tensión sea el momento previo a la generación de un acuerdo sólido.Tal vez, ceder con facilidad hace que los acuerdos, con el tiempo, se desmoronen. Sí: es verdad que lo rígido tiende a romperse (dice el Tao), pero una armónica tensión es necesaria para los acuerdos sólidos y maduros. Como la necesaria y exacta tensión de las cuerdas de una guitarra.

Ayer, también ayer, una amiga española situada ideológicamente en el centro-derecha pero que reclama la modernización del campo político con el que se identifica, me dice con seguridad, con una seguridad que hace mucho tiempo no veía, que votará a Albert Rivera. Me lo dijo con ilusión, con esa ilusión perdida en el secarral de la apatía en el que muchos se encontraban. Había encontrado el encaje ideológico de lo que ella quiere para su país. Sin ser el mencionado político el santo de mis devociones (ni tampoco el diablo de mis maldiciones), me alegré por ella. Por la ilusión que traen los aires regeneradores, el permanente e histórico reclamo ibérico. Hace un año, aún yo en España, las paradas de autobuses y los postes se llenaban de pegatinas. El rostro y actitud indignada de Pablo Iglesias (que hoy aparece con más sonrisas que ceños fruncidos -¿por eso de que vencer es convencer o por la alegría de lo obtenido en solo un año?), iban acompañados de una frase que nunca había visto en los no pocos años de crisis que yo llevaba en España: “¿Cuándo fue la última vez que votaste con ilusión?”. Un año después, el 24 de mayo de 2015 fue, a lo mejor, un turning point. Municipios y Comunidades Autónomas con nuevas formas de pactar y hacer políticas, cambiando el mapa político. La nueva centro-derecha y la nueva izquierda no han logrado, a mi parecer, destruir el bipartidismo. Pero su importante avance electoral (más sólido que el que podían conseguir en su día Izquierda Unida o UPYD, probablemente los verdaderos desplazados en este nuevo tablero) les permite representar a un porcentaje no menor de la población y, lo que es más importante, condicionar la toma de decisiones de los dos grandes partidos. Y viceversa, que “nadie tiene corona” (dicho muy típico de mi país). La “nueva política” también implica: 1. Nuevas tecnologías, 2. más recepción y escucha al ciudadano, en relación más horizontal con el poder, 3. demostración de apertura a varios niveles: importante ejemplo es la incursión de extranjeros residentes en cargos políticos importantes (Echenique, Pisarello, Von Griecke, Arce), ocupando escaños, concejalías y consejerías y sincerando el censo. Hasta el momento, todo parece manejable. En los momentos finales de un gobierno de mayoría absoluta, y a tres décadas y media de un acuerdo como la Transición, el aire fresco que desprenden los nuevos tiempos es innegable. El diálogo no es, hoy por hoy, un intercambio de cromos o sillones. La responsabilidad es elevada. Se fortalece un cierto sentimiento de patria (de patrias), en su lado más sano.

Se busca un acuerdo. Uno durable y fecundo. Aquel que mejore la calidad de la política como forma de mejorar la vida. Un asunto de todos.

Se tensa la cuerda.

¿Habrá sinfonía?

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