“La democracia en América”

Empleo, para titular este artículo, el nombre de una obra maravillosa y de obligada consulta para entender a los Estados Unidos desde una mirada exterior: la de Alexis de Tocqueville en 1835. Allí, el ilustre jurista francés toca diversos temas relativos al ser de la poderosa nación al norte de nuestro continente. No ha perdido vigencia mucho de lo que allí se dice: al releer este texto clave nos topamos con cuestiones que coinciden con la realidad de estos días y estos últimos meses: aquella en la que están enfocados los ojos del mundo cada cuatro años: las elecciones presidenciales en los Estados Unidos.

En efecto, la emblemática obra de de Tocqueville tiene un apartado en el capítulo VIII, denominado “Crisis de la elección”. Allí, Tocqueville señala que “se puede considerar el momento de la elección del Presidente como un momento de crisis nacional”. “Las facciones redoblan entonces su ardor y todas las pasiones artificiales que la imaginación puede crear, en un país feliz y tranquilo, se agitan en ese momento a plena luz”. Sentencia Tocqueville luego que “la nación cae en un estado febril”. E indica que “El presidente está absorbido por su deseo de defenderse (…) en lugar de hacer resistencia a sus pasiones, como su deber le obliga, corre delante de sus caprichos”. Pese a todo, el autor señala que a la agitación de la elección le sucede la calma. Una calma que, a 6 de enero de 2021, todavía no ha llegado.

Mirando el texto tocquevilliano con ojos actuales, resulta utópico afirmar que eso de la felicidad y tranquilidad sea verdad absoluta. Las distintas tensiones existentes desde hace mucho tiempo en la sociedad norteamericana así lo constatan. Pero sí es verdad que el país, y el mundo, mantienen ese estado febril frente a la elección. Donald Trump corre detrás de sus pasiones: principalmente su pasión de ganar a toda costa, la poca tolerancia a la frustración, sus reclamos sin evidencia, su no concesión en una elección pese a unos resultados que superaron lo previsto, pero que no lo sitúan por encima de Joe Biden, el presidente electo, en una elección donde no se ganó “por goleada”, ciertamente, pero que no fue tan disputada, por ejemplo, como la del año 2000 (Bush vs. Gore). “La agitación de la elección”, a la que aludía Tocqueville, en realidad no para mientras Trump no conceda, pero insiste, a golpe de Tuit, en que le han robado la elección. No ha llegado la calma y ello se evidencia con la toma del Capitolio, ocurrida mientras se edita este documento (cuya escritura se inició tras las elecciones en los Estados Unidos). Retirados los ocupantes (que oscilaban entre el esperpento y el fanatismo) el legislativo debate la certificación de la elección.

Este problema actitudinal de Trump, que casa mucho con la retórica divisionista de estos últimos años (celebrada más allá del Atlántico y en el Hemisferio Sur), contrasta con la actitud de antiguos presidentes no reelectos, o que agotaron los dos mandatos que permiten la Constitución, frente a nuevos presidentes del partido opuesto. Podríamos pensar en Jimmy Carter (1980), expresando que, de por sí, el hecho de haber sido presidente significaba “una bendición” de la que pocos podían disfrutar. Así daría paso a la última etapa de la guerra fría, liderada por el electoralmente exitoso Ronald Reagan. Podríamos pensar, también, en George H.W. Bush (1992), expresando, con hermosas palabras, su adhesión a la “majestad del sistema democrático” enviándole, incluso, una sentida carta a su sucesor, el demócrata Bill Clinton. Posteriormente, su hijo, George W. Bush (2008), tan denostado por la guerra de Irak y la crisis global que empezaba su curso, calificó la victoria de Obama como un logro del sueño americano, el triunfo de los derechos civiles y la virtud del optimismo. Huelga decir que Bush hijo llegó a liderar una modélica transición del poder, elogiada por el propio presidente Obama. Quien perdió esa precisa elección, el recordado John Mc. Cain, pronunció un discurso que ha circulado mucho por estos días, resaltando con más intensidad la importancia para los Estados Unidos (y para el concepto mismo de ciudadanía) de la elección de un afroamericano como presidente, deseándole lo mejor para afrontar los tremendos retos de la crisis económica global. En la misma línea democrática encontramos el concession speech de Mitt Romney, cuando Obama fue reelegido, o inclusive el tono resignado de Hillary Clinton, cuando ganó Trump en 2016.

Desde este punto (2016), el temor sobre lo que podría ser la presidencia de Trump se desató. Su discurso anti-inmigración en una tierra forjada por inmigrantes, sus formas distintas al establishment político (que, reconozcámoslo, generaron simpatía en su electorado, una simpatía desbordada y que llega al fanatismo de los Proud Boys que tomaron la sede del Poder Legislativo), el temor de una presidencia anti-democrática, su recurso a los epítetos y retórica inflamada y divisionista causó una elevada preocupación. Sin embargo, “la democracia en América” sobrevivió, y no sobrevivió gracias a Trump sino a pesar de Trump. Si le buscamos aciertos, sería mezquino no reconocer algunos aspectos de su manejo económico pero, al mismo tiempo, también sería problemático no incidir en los peligros del proteccionismo económico que Trump impulsó. Este reciente artículo de The Economist (Grading Trumponomics) reconoce que las reformas regulatorias y tributarias fueron sumamente positivas en momentos pre-Covid, pero el incremento de los aranceles fue un error que lastró la productividad, al encarecer los insumos procedentes del exterior. Por otra parte, sobran palabras respecto de su posición sobre el cambio climático (retirando a los EEUU del Acuerdo de París) o su gestión frente al Covid (EEUU tiene el mayor número de muertes a nivel mundial y es uno de los países con mayor tasa de mortalidad en el mundo).

Otro tema que puede resultar difícil de entender es el sistema electoral norteamericano. En este caso, las elecciones son indirectas: aunque el voto popular es un elemento importante, no es lo que finalmente determina al ganador, toda vez que eligen los “Colegios Electorales”. En este artículo del New York Times se explica de manera simple este sistema. Además, no hay un organismo electoral que centralice el proceso (como ocurre en nuestro país), sino que existen tantos sistemas electorales como estados y, por tanto, diferentes metodologías para la emisión y tramitación del voto. Ello sin mencionar las dificultades para poder ejercer el sufragio activo (“El poder del voto, en pocas palabras” es un documental de Netflix que explica un poco el panorama). Frente a esta situación, son los medios de comunicación los que anuncian a los ganadores, incluso antes de que los colegios electorales se reúnan. Sin embargo, los actores políticos han comprendido, normalmente, este peculiar sistema electoral, salvo Donald Trump, quien ha reclamado de manera reiterada un supuesto fraude sin evidencia, movilizando recursos y energías que deberían haberse puesto al servicio de una transmisión ordenada del poder, como en toda democracia que se precie, llegando al ¿inesperado? punto de hoy.

Como de algún modo mencionamos en líneas precedentes, la escritura de este artículo fue iniciada tras las elecciones de 2020, sin imaginar que esto ocurriera. Cerramos este artículo no sin incertidumbres, y esperamos que la democracia en América, modelo de regímenes políticos diversos, sepa y pueda resistir los embates de Trump, recuperando la senda del buen gobierno, más necesario aún en tiempos del Covid-19. ¿Qué pasará hacia el 20 de enero?. Quedamos pendientes. Con Tocqueville, no podemos dejar de preguntarnos (como dice al final del apartado sobre crisis de la elección): “¿no es sorprendente que la tormenta haya podido desencadenarse?”. 2021 ya nos sorprendió.

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