La ironía bajo ataque: algoritmos y libertad de expresión en las redes sociales.

Llevo casi 12 años en Twitter, red social que vengo utilizando con mayor frecuencia e intensidad desde el inicio de la pandemia. Busco siempre guiarme por la moderación, por la racionalidad, y evito peleas innecesarias, sin tampoco cortarme demasiado con opiniones. Twitter es una red social que tiene aspectos negativos, pero entre los positivos encontramos lo siguiente: el “microblogging” te obliga a desarrollar tu capacidad de síntesis, es una red social que te permite conocer gente interesante (dependiendo de cómo estructures tus seguimientos), te mantiene informada en forma sumamente oportuna (si sigues a las cuentas adecuadas). Dentro de los negativos encontramos que la facilidad en la creación de cuentas ha permitido que exista un infinito número de “trolls”, anónimos que destilan odio y difunden noticias falsas, particularmente graves en el caso del contexto Covid-19. Frente a ello, y en comparación con Facebook, denunciar una cuenta que destila odio puede tener, en Twitter, buenos resultados, aunque las puertas al campo amplio de “trolls” son difíciles de colocar.

En fin.

Tras 12 años de armoniosa existencia en Twitter, mi cuenta ha sido temporalmente suspendida. ¿El motivo? La ironía. Un recurso al que acudo constantemente, en mi vida cotidiana y en las redes. Una vida sin ironía es, para mí, una vida difícil de vivir. Es el pararrayos contra las angustias del día a día, la eterna búsqueda de la elegancia en la palabra. El vestir las palabras para reír por no llorar en un mundo complejo. El dar un toque diferente a la denuncia, a la indignación, a la rabia.

A una rabia real y legítima contra el ánimo negacionista e inconsecuente que ha caracterizado a algunos actores en medio de una pandemia. Porque en mi país (y me atrevo a decir que no solo en él), devastado por la Covid-19 y por la desestabilización política, a lo largo de la misma hemos tenido personas que han seguido esta trayectoria: 1º negar la pandemia, 2º ser anti-vacunas y anti-mascarillas, 3º creer que las vacunas tienen un chip que te instala 5G y te convierte en un celular, 4º creer que publicar la llegada de las vacunas o la vacunación en sí es todo un “show”, 5º inmediatamente, exigir lo que por el momento es un imposible: la venta de vacunas por parte de los privados en esta etapa inicial. Incoherencias notorias que, en lo personal, me producen una profunda indignación.

Sinteticé toda esta contradictoria trayectoria en un tuit, con sarcasmo e ironía, captada rápidamente por algunos de mis seguidores, que no tardaron en brindar un “me gusta”. Sin embargo, horas después, y tras 12 años de comportamiento ejemplar en dicha red social, Twitter me comunica que mi cuenta está suspendida por DESINFORMAR SOBRE EL COVID. En concreto: por “divulgar información engañosa y potencialmente perjudicial en relación con la Covid-19”. Claramente, los algoritmos empleados para esto, que me permito llamar un claro ataque a mi libertad de expresión, “no entienden de ironías”. Además, Twitter me pone al mismo nivel de las personas a las que cuestiono. De pronto, me pregunto: ¿en qué fallé? ¿Olvidé poner comillas? ¿Las comillas son un elemento estridente que afea la elegancia de la ironía?. Las comillas me hubieran salvado de la suspensión, pienso, pero hubieran matado la ironía. Al final, se me dieron las siguientes opciones: “borre el tuit” (a cambio de una suspensión temporal y la posibilidad de seguir navegando -pero no puedo ni siquiera poner un “me gusta”) o “apele” (indicándoseme que mientras dure la “apelación” mi cuenta seguiría bloqueada. Saltan de inmediato las alarmas de mi chip “administrativista”… donde las cosas son al revés: si presentas un recurso de impugnación se suspende la ejecución de la sanción). Las redes sociales como tribunales. Borré el tuit. Opté por la autocensura, a cambio de reducir mi “condena” twittera.

Soy una persona que viene extremando sus autocuidados a lo largo de este año de Covid 19, y lo seguirá haciendo hasta que se me asegure que todo esté bajo control. Utilizo una doble mascarilla inclusive para bajar las escaleras del edificio. Desinfecto al extremo. No veo a mis seres queridos desde el inicio de la pandemia. Creo que la pandemia es algo real, que las vacunas son la herramienta fundamental para erradicar la pandemia. Tengo confianza plena en que la pandemia ha reconfirmado el valor supremo del pensamiento y de la investigación científica. Creo que el 5G puede ser importante para el desarrollo de los países y de su digitalización (y, de hecho, tengo algo escrito sobre ello, además de una conferencia). Mis convicciones son bastante opuestas a la calificación de mi persona que ha realizado un ALGORITMO, que me ha obligado a mantenerme callada durante medio día (ganga generosamente otorgada por haberme autocensurado) y que no me permite explicar mis argumentos ya que condiciona la apelación a seguir siendo censurada.

Soy una convencida de que la libertad de expresión, como todo derecho fundamental, no es ilimitada. Soy una convencida de que los discursos de odio y las fake news deben combatirse. Sin embargo, también creo que, en estos tiempos hiper-digitalizados, las plataformas conocidas como redes sociales están aplicando medidas que lesionan este derecho fundamental, diluyendo las fronteras y constituyéndose en “tribunales” de la opinión. Vivir en carne propia esta lesión no hace más que reafirmar la necesidad de ocuparnos, como juristas, de este asunto tan álgido, que vulnera nuestras libertades. Y ya que maten la ironía riza el rizo y hace que este mundo sea un poquito peor. Un poquito menos soportable.

¿La ironía ha muerto? No lo sé. Viva la ironía.

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