Llevo un tiempo sin escribir (alrededor de tres o cuatro meses). Momentos “ágrafos”, si se quiere, expresión exagerada porque claro, obviamente escribo de manera breve en mis redes sociales y, como no podría ser de otra manera, escribo para mis clientes jurídicos, para aspectos profesionales con los cuales me gano la vida.

He frenado la escritura académica (que incluye la de este blog, en el ámbito jurídico -Derecho Público-, reflexiones sobre las políticas públicas) y la literaria-creativa (que realizo en mi ámbito privado y no publico-por el momento). Solo me he quedado en las letras inmediatas, las del día a día, las de la subsistencia en el corto plazo, y me he olvidado del largo plazo. Y, como todos sabemos, el largo plazo cuesta, pero también paga. Paga de verdad. En el sentido más hondo y menos economicista de la palabra. Le paga al alma, que se proyecta y discurre desde el pecho hasta las manos, derramándose en el keyboard, trascendiéndolo hasta alcanzar al receptor. Liberándonos. Pero cuesta. Como las cuestas.

Y es que es verdad que cuesta mucho ubicar las manos en el teclado no con la intención de trabajar, ni con la intención de conversar con las amistades, ni con la de ver en el ecran de la computadora algún vídeo o foto. La escritura como aparato oxidado, atacado por el moho, sin naftalina o la famosa “bolaseca” necesaria en la zona de Lima donde vivo. Es como un cuerpo que no hacía ejercicio hace años, y lo vuelve a hacer, poquito, tímidamente, y le duele todo. ¿Me duele todo? No exageraría. Pero el sólo hecho de sentarme a escribir este post es un avance notable de un reencuentro que, espero, no sea fugaz. Las letras son un músculo que se debe ejercitar. Siempre.

 

 

 

 

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